Dr. Jorge Serrano
Dr. Jorge Serrano

Presidente de la Oficina Internacional Catolica del Niño, BICE,  Belgica

En un informe que acaba de salir, la Organización Mundial de la Salud define la violencia en estos términos: “Si definimos violencia como la utilización intencional de la fuerza física, o la utilización intencional del poder, sea contra uno mismo, contra los demás, contra un grupo o contra una comunidad, amenaza que produce o que corre el riesgo de producir traumatismo, de producir muerte, daño psicológico, mal desarrollo o privaciones, diremos entonces que nuestro continente ha vivido y vive aún en un estado de violencia casi permanente. Aún más, la violencia no se limita a una zona geográfica determinada, sino que constituye actualmente un desafío planetario”.

  Como Nelson Mandela –pocos como él para hablarnos de violencia y de paz–, creemos en la posibilidad de transformar las culturas violentas. Siguiendo sus pasos veremos cómo la violencia no es el privilegio del siglo XX y en qué medida la niñez latinoamericana está marcada por ciertos elementos contextuales que explican la violencia de su situación. Primera pregunta: ¿La violencia es algo actual o es un fenómeno permanente en las sociedades humanas? La violencia cobró rasgos particulares durante el siglo XX. Basta referirnos a la Solución Final, aplicada a los judíos por el régimen nazi, al genocidio kurdo o ruandés, a las guerras injustas y, por supuesto, a la violencia de las dictaduras militares latinoamericanas de los años ’70.

  ¿Se ha vivido entonces una situación de violencia particular en el siglo XX? ¿Iniciamos con el siglo XXI un nuevo ciclo de violencia? Con toda probabilidad, el mundo actual no es más violento que el de épocas pasadas; sino que simplemente estamos mejor informados. Vemos entonces que la violencia no es una invención del siglo XX. Está tan arraigada a las estructuras de toda forma de poder que resulta utópico querer suprimirla sin un esfuerzo común, sostenido y crítico. Y eso es lo que, creo, estamos llamados a hacer.

  No sólo existen culturas violentas, que serían formas de violencia visible. En muchos casos, la violencia es invisible, o más bien indecible. Sin embargo, que la violencia sea inherente a la persona humana y a la vida en sociedad, que sea una condición indispensable para la protección de la vida, permite al ser viviente enfrentarse con la adversidad propia de los elementos naturales y con los demás de la misma especie. En ese sentido, habría que decir que el agresivo nace, mientras que el violento se hace.

  En este continente, sometido durante siglos a la explotación y a la dominación, cómo no subrayar las desigualdades sociales; cómo no subrayar la pobreza como elemento favorecedor de la violencia social. Nuestro continente ha vivido siglos de dominación y explotación estructural, durante los cuales hemos asistido impotentes al saqueo de nuestras riquezas y a la corrupción progresiva de nuestra identidad. Y esto con la complicidad de los gobiernos, quienes en la mayoría de los casos pensaron y piensan aún más en su enriquecimiento personal que en el bien común.

   Entonces podemos decir que desde su nacimiento, sino desde su concepción, el niño lleva la marca de la desigualdad y la injusticia social, el sello de su inserción en un determinado mundo social, cultural y económico. Basta mencionar como ejemplo la malnutrición infantil o la incapacidad que tienen ciertos sectores de la población para acceder a tratamientos médicos que exigen un gran desarrollo tecnológico.

  Los niños han sido considerados como parte de la infancia, y se ha dicho que la infancia es una invención social, una construcción, una categoría histórica. La infancia ha existido desde siempre; lo que cambia es la concepción social de ese período de crecimiento y desarrollo; es decir, la infancia es una realidad biológica que se semantiza y que se codifica en función de la situación sociocultural.

  El siglo XX no es un siglo de violencia particular, pero puede ser el “Siglo del Niño”; porque en ese siglo el niño ha sido objeto de saber y de definición social, cultural y jurídica. Es decir, el siglo XX ha roto definitivamente con la ignorancia y el empantanamiento del pasado. Durante ese siglo se han sentado las bases científicas y jurídicas para la promoción de un mundo apropiado para los niños Sin embargo, pienso que durante mucho tiempo el niño ha sido considerado un objeto, mientras habría que reconocerlo como un ser diferente, como un sujeto frente al cual nosotros, como adultos, nos sentimos interpelados por su presencia; nos sentimos responsables, no para decirles qué hacer, sino para permitirles llegar a ser ellos mismos.

  Se ha dado un paso importante no sólo en el campo del saber, sino también en el campo del derecho de la infancia, gracias a la ratificación histórica de la Convención de la ONU sobre los Derechos del Niño. Pero se nos ha dicho, y creo que esto es muy importante, que la letra no es suficiente para cambiar situaciones viejas. A veces la ley se obedece, pero no se cumple. El hecho se impone al derecho, como la tormenta vence al día de sol. De esta realidad de que lo escrito sobre el papel no se cumple necesariamente en la práctica, surge el compromiso de la sociedad civil como actora de la Convención y como organismo de presión. Y en esta sociedad civil, sitúo también a las religiones.

  ¿La religión es un factor de paz, de cultura o de violencia? Se ha dicho, con cierta razón, que las religiones no siempre han contribuido a superar la violencia. Basta recordar los movimientos integristas proclives al uso de la violencia; o las corrientes sectarias, dadas a la manipulación de conciencias y al lavado de cerebros. Por otra parte, también tenemos que referirnos a las jerarquías religiosas denominadas “guardianas de la fe”, que son poco respetuosas de las formas de pensar más heterodoxas, más libres. Sin embargo, las cosas son mucho más complejas, porque tanto en el discurso como en las actitudes de las grandes religiones, la posición contra la violencia no es unívoca. Por lo tanto, declarar inocentes a las religiones primitivas y condenar las religiones monoteístas me parece faltar a la objetividad.

  Pienso que es en su discurso, en el quehacer cotidiano, donde los movimientos religiosos acentúan el carácter de misericordia, de compasión y de serenidad en el sentido de un Dios único; mientras que el politeísta, probablemente, atribuya a alguno de sus dioses, imágenes claras de violencia. El peligro actual es, más bien, la utilización de la religión en la multiplicación de los conflictos, en lo que los autores llaman guerras “civilizacionales”.

  La violencia refleja el desorden del mundo. Un tipo de violencia que los responsables de los gobiernos han decidido, en la mayor parte de los casos, no perturbar. Pese a que los responsables del gobierno se agitan en grandes discursos que no contribuyen a cambiar la situación. Creo que las religiones pueden ejercer un papel fundamental en la construcción de la cultura de la paz, lo cual implica un compromiso en el ámbito ético. El diálogo ecuménico entre todas las religiones cristianas, tanto como el diálogo interreligioso y, más aún, la colaboración entre religiones, es una tarea común tanto para el pueblo creyente como para los responsables religiosos, fundamental para la construcción de la cultura de la paz. Como decía el reverendo Miyamoto, si nosotros queremos construir un mundo adecuado para todos los niños, tenemos que movilizar nuestros recursos religiosos en un esfuerzo común, en un proyecto concreto donde los niños tengan acceso al uso de la palabra.

  Termino citando a Teresa de Calcuta: “Hay que trabajar para que un musulmán sea un buen musulmán, para que un hindú sea un buen hindú y un cristiano sea un buen cristiano”.

  Nos anima la convicción profunda de que, reforzados por nuestra propia fe y nuestra propia confianza en el ser humano, y en particular en el niño, los miembros de todas las comunidades religiosas somos capaces de trabajar juntos, en favor de un mundo de paz y de justicia. Ésa es la esperanza que nos anima, como proyecto y como práctica que se ejerce en la vida cotidiana.

(Ir a la conferencia de Buenos Aires, documento pdf)