Sr. Fernando Rodríguez
Sr. Fernando Rodríguez

Promocion Humana, Iglesia Anglicana del Uruguay

Si tenemos que hablar de una cultura de la paz significa que algo nos está pasando. Si tenemos que dedicar tiempo a diseñar y construir relaciones pacíficas es porque algo está faltando. Si hoy no impera una cultura de la paz, si hay ausencia de paz, ¿qué tenemos?

  Tenemos muchas cosas: el primer paso es reconocer que carecemos de niveles positivos de relaciones humanas, que apunten a la paz, al desarrollo colectivo de las personas y de las sociedades. Estamos en un continente en donde la economía es el centro de la atención de los gobiernos. Hace dos décadas nos dijeron que si había desarrollo económico en América Latina, habría desarrollo humano. Pues hasta hace 10 o 12 años América Latina tuvo crecimiento económico y no tuvimos desarrollo humano. Por el contrario, se multiplicó la pobreza. ¿No será injusto que los gobiernos decidan endeudarse cuatro veces más allá de lo que van a estar en el gobierno? ¿No es injusto firmar cartas de intención de pago de la deuda externa por 20 años? Esa situación ¿determina cuántas personas van a estar sin vivienda, en cuánto hay que recortar el gasto social, en cuánto hay que subir las tarifas de los servicios públicos o cuánto hay que revertir en educación?

  ¿No empezarán allí los síntomas de violencia? ¿No es violento que los políticos se arroguen la autoridad de tomar decisiones sobre mucha gente por muchos años determinando la calidad de vida de muchos niños y jóvenes?

  Creo que las personas de fe aquí reunidas también debemos mirar hacia adentro. Así como hacemos un análisis crítico de nuestras estructuras sociales, en las cuales participamos a medias, muchas veces no estamos lo suficientemente comprometidos para hacer el cambio, para modificar, para denunciar, para crecer como colectivos sociales que procuran el cambio.

  Debemos plantearnos qué lugar tienen los niños en nuestras iglesias, en nuestros cultos. Es bueno consultarlos cuando diseñamos programas y cuando definimos cuáles son las necesidades de estos niños en términos de crecimiento. Quizás, como tenemos fe, les imponemos nuestra fe. Incluso les imponemos su necesidad espiritual. Posiblemente nunca les hayamos preguntado a esos niños cuánto tiempo quieren estar en la iglesia. Y si no quieren estar en la iglesia o en el templo, ¿dónde quieren estar? ¿Dónde quieren alabar a Dios? A lo mejor ellos prefieren hacerlo en sus casas o en un parque o en la calle.

  En la liturgia de nuestros cultos ¿los niños están en una piecita al costado para que no hagan ruido, o están alabando a Dios en comunidad? Están presentes en todo sentido alabando a Dios. ¿Es que Dios nos pide que proclamemos una comunidad de adultos? ¿O somos una comunidad familiar, una comunidad donde se conjugan distintos intereses, distintas edades, distintas fantasías, distintos sueños? ¿Qué lugar tienen en nuestras iglesias, en nuestras comunidades de fe los niños, las niñas, los adolescentes, los jóvenes?

(Ir a la conferencia de Buenos Aires, documento pdf)