Economista Francisco Javier Iguíñiz
Economista Francisco Javier Iguíñiz

Profesor de la Pontificia Universidad Católica de Lima, Perú

Aspectos estructurales de la pobreza en América Latina

    Cualquier testimonio alude al entorno, a estructuras. No es una exquisitez intelectual aludir a este tipo de dimensiones de la realidad. Todos, sobre todo los pobres, están nadando denodadamente por flotar y por avanzar en medio de corrientes marinas muy grandes con cambios de mareas y con olas. En este contexto, nadar constituye una tarea exageradamente difícil. Es como subir una escalera mecánica que va hacia abajo: tenemos que correr demasiado para ir hacia arriba. Las estructuras son las que fijan la dirección del movimiento y dificultan el avance en esta lucha por salir adelante.

   En las últimas décadas en América Latina se han registrado crecimientos de pobreza sólo comparables con los del sur de África y Europa del Este. Según los cálculos de la CEPAL, el número de pobres pasó de alrededor de 100 millones en 1980 a 200 millones en el ’90 y 214 millones en el 2001. Estamos, por lo tanto, en un proceso de aumento absoluto y relativo de la pobreza, es decir, un aumento en el número de pobres pero también en la proporción de éstos en América Latina.

   La estructura es algo persistente, difícil de cambiar; como el andamiaje de un edificio que no se puede mover separadamente, porque si se toca una parte, se afecta el conjunto.  En este punto hay que señalar algo: nuestros problemas son anteriores al neoliberalismo y a la globalización.

   En economía, al hablar de estructuras, nos referimos a diversas cosas. Mientras las familias de América Latina estén principalmente ubicadas en actividades laborales de baja productividad y de poca competitividad, los mecanismos de mercado van a hacer que la sobrevivencia como productores en el campo o en la ciudad sólo pueda ocurrir si la gente se empobrece, si la gente sacrifica su calidad de vida para mantener su fuente de ingreso. En Latinoamérica el problema principal no es la falta de trabajo, sino la mala calidad del trabajo. Cuando la gente dice: “No hay trabajo”, no quiere decir que no esté trabajando, sino que su trabajo no le permite vivir. Es lo que ocurre en los países subdesarrollados. Los pobres de América Latina trabajan mucho; están insertos en el mercado, pero en el lugar menos productivo y competitivo de las ramas de producción.  El hecho de que cada uno pueda vivir de su trabajo es una regla estructural pero también ética. La regla, obvia y elemental, es simultáneamente una trampa en países como los nuestros.

   Hay otro factor estructural que son las relaciones entre clases. Se puede estar en una empresa que produce bastante, que es productiva, y aun así, debido a la legislación laboral, el trabajador no recibe aquello que debería recibir sin afectar la rentabilidad. Otro rasgo estructural es la concentración laboral. El progreso está en cada vez menos lugares de nuestras realidades geográficas. Factores como la aglomeración, las ventajas económicas de la cercanía y muchas otras consideraciones relacionadas con la geografía económica. Finalmente son también estructurales la magnitud y la composición del gasto social en América Latina, lo cual revela una serie de valores y de relaciones mutuas.

   Pero no sólo hay estructuras, también hay cambios. Son cambios estructurales los que ocurren en términos de intercambio en los precios de nuestras materias primas y las tasas de interés. Son también producto del cambio de las políticas económicas, como la inflación correctiva. No hace mucho para corregir la inflación, había que aumentarla, y en el camino el salario real bajaba. Las aperturas indiscriminadas sin ninguna consideración unilateral y su efecto sobre el empleo, sobre todo en los empleos menos competitivos, agravan la primera causa estructural mencionada. Las políticas sociales y la mezquindad tributaria así como la fuga de capitales de los propios nacionales son estructurales y hasta hay un consenso general sobre que la gente tiene derecho de sacar la plata del país porque aquí se perdería.

   No se trata de predicar y de acusar a la gente, sino de tratar de cambiar las instituciones y las reglas, que es lo que llamamos estructuras; reformar las institucionales, las leyes laborales que debilitan a unos para fortalecer a otros, o la seguridad social, la educación y la salud que están creando en muchos de nuestros países separaciones en lo que a derechos se refiere.

   Los pobres nadan contra grandes corrientes. Cuando, por un minuto siquiera, les son favorables, logran conquistas muy grandes. Multiplican los panes y los peces, como lo ocurre cuando sobreviven en condiciones adversas.

  Un investigador sobre América Latina decía: “Yo sospecho que muchos doctores japoneses, incluso economistas, se sentirían mucho más a gusto sentados tomando bebidas en la noche con un granjero japonés que con un doctor o un economista estadounidense”. No sé si esto es exacto, pero el ejemplo es útil para aludir a lo que sí sabemos de nuestra propia tierra. Por el contrario, sospecho que un doctor mexicano se sentiría mejor sentado con el doctor americano que con el campesino indio, y estaría feliz intercambiando historias con su amigo americano acerca de las divertidas e incomprensibles maneras de los campesinos, en vez de sentirse obligado de defender a su paisano del descrédito del estadounidense.

  En otros términos, el nexo nacional es lo suficientemente débil como para ser fácilmente superado por el nexo ocupacional. Muchas veces tenemos en nuestra cultura valores perversos que consideramos necesarios. Intereses egoístas que consideramos parte de nosotros mismos y parte de nuestro comportamiento cotidiano; individualismos que consideramos convenientes, incluso, para progresar.

No sólo las estructuras son aquellas que nos colocan en mareas contrarias a nuestro destino. El problema de la infancia es mucho más amplio que el problema de la pobreza, y el problema de la pobreza es mucho más amplio que el problema de la economía. Y esto es clave. Quiero darles ejemplos de cómo la economía no influye en todo.

  En los últimos años las estadísticas muestras una creciente diferenciación en la evolución del producto per cápita de América Latina y de Estados Unidos, diferencia acentuada en las dos últimas décadas. Esta diferenciación se extiende a la educación y a la esperanza de vida, pero por otro lado desciende la tasa de mortalidad infantil.

  El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) está trabajando hace años en esto. Es decir que en lo referente a la condición de vida de la población, no todo es explicado por la economía. A pesar de que a veces la economía cae, ciertos aspectos de la calidad de vida mejoran. Lo que quiero decir es que los pobres muchas veces avanzan a pesar de las estructuras y en contra de las crisis.

  La opción preferencial por los pobres nos empuja a concentrarnos en los muertos y heridos, pero de ahí a decir que los pobres fracasan hay un salto muy grande. Es una crueldad decirle al pobre que nunca nada le sale bien y que nunca va a poder salir adelante. Primero porque no es verdad. ¿Qué dicen muchos economistas y multilaterales?:  “Ah, esos avances en mortalidad infantil se producen gracias a nosotros”. Y lo que hay que decir con toda claridad es que esos avances en mortalidad infantil son a pesar de la economía y, en muchos casos, en contra de la economía.

   Los pobres pueden ser más fuertes que todas las estructuras juntas si miramos algunos aspectos de sus vidas no desdeñables, como la mortalidad infantil. Sabemos que eso se debe a la educación de la mujer, a las políticas públicas de salud o a la combinación de las dos cosas: políticas públicas de salud y educación de la mujer hacen milagros. No hay estructuras ni globalización ni neoliberalismo que los haga retroceder, que los frene.

  Estamos, sin duda, ante aspectos estructurales que le hacen muy difícil la vida a la gente.

El economicismo nos lleva a decir que nuestra expectativa está en la economía, y que es en el bolsillo donde debe estar nuestra esperanza, que con el dinero se consigue todo, que con él podremos progresar. Y eso es una perversidad. Porque nos hace poner la expectativa justo donde el camino es más estrecho, donde la pendiente es más difícil, donde más muertos y heridos quedan en el camino. Y entonces es crucial decir que no todo pasa por la economía. Porque se puede avanzar, se pueden lograr cosas independientemente de la economía.

  También existen otras estructuras que sostienen a la gente. La economía no es el paso obligatorio para el logro de los objetivos valiosos. Sin duda hay que cambiar las estructuras económicas radicalmente, pero para cambiarlas, hay que ser libres. Si no somos algo libres de la economía, no podremos cambiarla. Los datos en mortandad infantil, en analfabetismo, en acceso al agua potable, en escolaridad, en cobertura educativa y en cantidad de otros indicadores indican que la gente en algunas dimensiones de su vida se está liberando y se está preparando para cuestionar con más firmeza, con más claridad, estructuras que sabemos injustas, crueles.

  Sólo cuando los pobres logren suficiente libertad, sean fuertes, autónomos, con suficiente fe, con suficientes motivos para seguir viviendo, incluidos por supuesto los religiosos, las estructuras podrán ser sometidas a cuestionamiento y ser cambiadas. En el pasado no ha cambiado nada porque era élite contra élite. Muchas veces de izquierda contra derecha pero sin las raíces suficientes. Tenemos que buscar en las estructuras aquello que hace difícil el camino, y no negar nunca que los pobres siguen caminando. Pero, en primer lugar hay que hacer que los pobres participen más activamente en ese cambio de estructuras porque es la única garantía de que cambiará algo.

(Ir a la conferencia de Buenos Aires, documento pdf)