Ponencia del Rev. Guido Bello, Pastor
Rev. Guido Bello, Pastor
Secretario Ejecutivo de la Comision Ecumenica Latinoamericana de Educacion Cristiana (CELADEC)
Historias mínimas para una educación para la paz
Quisiera compartir algunos cuentos escritos por niños, partiendo de la idea de que los principales procesos educativos son los que van haciendo nuestros pueblos, en su andar histórico, en sus comunidades, en sus crisis pero también en su vida cotidiana. Y también teniendo en cuenta que la calidad de educación que esperamos es aquella que nos permita transformar nuestras sociedades y ser más solidarios, más creativos.
La primera historia que voy a contar está escrita por un chico de Ciudad Oculta, un barrio de la ciudad de Buenos Aires. Ya ven: el mismo nombre del barrio es una parábola; Ciudad Oculta no existe oficialmente, no existe en los mapas, sólo existe para aquellos que la viven y la sufren: los que quieren verla.
Les pedimos a los niños que inventaran cuentos. Éste es el de Ramiro, de 10 años:
“Una vez, Ciudad Oculta se convirtió en un barrio lindo y tranquilo, con parques y plazas y lugares para jugar, y con un riachuelo de agua limpia donde uno podía bañarse. Entonces llegaron tres súper monstruos que pusieron unas piedras enormes en el arroyo de agua limpia y Ciudad Oculta empezó a inundarse. Y todo empezó a llenarse de barro y las casas empezaron a deshacerse. Todo el mundo se puso a llorar porque el agua subía y subía. Hasta que un chico se acordó que tenía escondida una espada mágica; todos los que la tocaban se convertían en valientes. Y entonces fueron todos los chicos y también las chicas y algunos grandes que los ayudaban a tocar la espada para poder salir a la pelea contra los tres super monstruos, y alcanzaron a matar a dos. Entonces el super monstruo que quedaba dijo: ‘Está bien, no quiero ser más un super monstruo, déjenme vivir con ustedes. Y entonces todos los chicos, con los grandes que los ayudaban, con el súper monstruo que ya no lo era, sacaron las piedras del riachuelo y el agua se secó. Y entonces los chicos y las chicas se fueron a jugar a la pelota”.
La primera constatación después de leer el cuento es que el conflicto no debe ser negado. Tiene que ser atendido y comprendido desde lo intelectual y desde lo afectivo para la construcción de la paz. Luego, el aprendizaje fundamental, tanto en la escuela como en la iglesia, es la lectura de la vida, de la realidad cotidiana, del barrio, del campo y de sus problemas.
Leer la vida –dice Paulo Freire– y después las letras. Por eso es necesario partir de las experiencias reales; en este caso, de los niños, con sus lenguajes propios, aunque sean mezclados con el lenguaje de la televisión. En este proceso de alfabetización, el principal texto debe ser la vida, la memoria y los sueños de los pueblos. Allí se va rescatar y destacar la búsqueda permanente de la paz que hacen las comunidades, superando los conflictos.
Los movimientos religiosos son, en este caso, una cantera riquísima de símbolos, relatos, memoria colectiva, memoria histórica; de evidencias, de experiencias, de golpes y de alegrías, y todo esto con una enorme fuerza proyectiva y movilizadora, de resistencia; por lo cual inciden de manera bastante importante en la conformación de valores. Valores de vida y no de muerte. Valores de encuentro y no de aislamiento. Valores de diálogo y no de imposición cultural. Valores de intercambio del sentido de las cosas, desde las distintas visiones del mundo y de la vida, como un enriquecimiento. Y valores de reconocimiento y superación de los conflictos. No de negación o de parálisis ante el conflicto. Ni tampoco de aniquilación del enemigo, del oponente.
La historia o parábola siguiente es la de Lucas, de Villa Jardín, una de las “villas de emergencia”, como se decía acá en Buenos Aires, sin tener en cuenta que la emergencia ya lleva como 50 años. Villa Jardín es un nombre irónico que le puso la gente, porque está ubicada cerca de las aguas muertas del Gran Buenos Aires y no hay allí ni un solo jardín.
Esta historia fue compartida por Patricia, la maestra de primer grado de la escuela a la que va Lucas. El caso es que nadie llamaba a Lucas por su nombre, ni siquiera él daba vuelta la cabeza cuando alguien lo llamaba “Lucas”. Todos lo conocían como “Tumberito” porque había nacido y pasado sus primeros años de vida en la “tumba”, como le dicen a la cárcel, lugar en el que estaba presa (y sigue estando) su madre.
Un día Patricia, la maestra, se enojó con los chicos y les prohibió a los compañeros que lo siguieran llamando así, diciéndoles que Lucas tenía un nombre. Y también le prohibió a Lucas que respondiera si alguien lo llamaba “Tumberito”. Pero, mientras discutíamos sobre educación, yo le dije a esta maestra que pensara si no había perdido la oportunidad de trabajar con la identidad de Lucas. Precisamente a partir de lo que Lucas era socialmente. Y como ella lo conocía, podía empezar el proceso de construcción de otra identidad sin desconocer ese punto de partida.
Volví a saber del “Tumberito” cuando Patricia me contó a fin de año, acerca de la nueva experiencia que se había atrevido a hacer, enseñando a leer y escribir a sus alumnos de Villa Jardín, usando como texto las pinturas de Benito Quinquela Martín, un pintor del trabajo de los puertos en Buenos Aires, y los tangos de Juan de Dios Filiberto, amigo de este pintor. Miraron juntos las pinturas en unas reproducciones chiquititas y las comentaron: el trabajo, la vida, la muerte, las inundaciones. Y leyeron las palabras, como había sugerido Paulo Freire hace mucho tiempo, del trabajo o del no-trabajo, de la vida y de la muerte. Así, fueron aprendiendo a leer de la mano de este pintor. El proceso de lectoescritura terminó con el viaje, que era toda una aventura para los chiquitos de Villa Jardín, al barrio de Caminito y al museo de Quinquela Martín. Y allí miraron los cuadros en grande: inmensos, gigantescos; no podían creerlo. En ese viaje el Tumberito ya era Lucas pero con su historia puesta en el contexto de otras historias libres y solidarias.
Toda ética se construye y se vive desde el reconocimiento de uno mismo. Y del reconocimiento del otro, del distinto. No hay nosotros sin los otros. No hay ética sin identidades desde las cuales se dan las relaciones. Y las identidades no se dictan, no se dan por decreto.
Los militares de la última dictadura argentina, por ejemplo, quisieron decretar una identidad única que despreciaba los derechos humanos e inventaron el lema “Los argentinos somos derechos y humanos”. No les resultó, gracias a Dios la perdieron. Pero el aprendizaje colectivo fue por otro lado, y debemos decir que algún liderazgo religioso fue fundamental en poner esa parte de la identidad, esa parte de ética en la conciencia y en el sentir del pueblo argentino.
Podemos afirmar que las iglesias y movimientos religiosos son ámbitos privilegiados de construcción de identidades. Identidades abiertas o cerradas, inclusivas o sectarias, opresivas o liberadoras, regresivas o proyectivas.
Un último cuentito: me llegó hace poco por e-mail. Cuentan que se hacía una competencia deportiva entre chicos con Síndrome de Down. Se estaban por correr los 100 metros; se dio la largada y salieron todos corriendo, menos uno que se tropezó, cayó y quedó tendido en el suelo, llorando. Los chicos que habían salido corriendo se dieron cuenta, pararon, volvieron y levantaron al caído; lo consolaron y, abrazados con él, caminaron hasta la meta.
Como movimientos religiosos, tenemos la tarea de enterrar algunos de los valores explícitos o implícitos que han regido nuestras conductas hasta ahora y dar lugar al surgimiento y la formulación de nuevos valores. Pasando de la competencia a la cooperación. Aunque quede la competencia con uno mismo como llamado a la superación. Pasando de la pura crítica a la solidaridad, aunque quede la crítica como fundamento necesario para la lectura de la vida. Pasando del puro valor de la comprensión correcta de las cosas, al valor más vital del amor y la ternura. Pasando de la propuesta política y cultural omnicomprensiva, con esos discursos totalizadores que tienen todas las respuestas aun antes de saber las preguntas, a la construcción comunitaria de hoy, incluso en la vida familiar, abriendo espacios de encuentro, y de reconocimiento mutuo que permitan experiencias alentadoras que refuercen la vida en medio de tanta muerte.
Y pasando, por fin, de una propuesta educativa puramente proyectiva, que tantas veces pareció hipotecar el presente de generaciones enteras, a experiencias educativas que ya pueden ser mapas para la fiesta que nuestros pueblos insisten en celebrar. Y a esta fiesta de los pueblos, esta fiesta de la vida, de la resistencia, de la creatividad, estamos invitados nosotros los movimientos religiosos, con templos y con liturgias, con la Biblia, el Corán, la Torá, con oraciones y con incienso, con todo. No faltemos a esta fiesta.
(Ir a la conferencia de Buenos Aires, documento pdf)
Secretario Ejecutivo de la Comision Ecumenica Latinoamericana de Educacion Cristiana (CELADEC)
Historias mínimas para una educación para la paz
Quisiera compartir algunos cuentos escritos por niños, partiendo de la idea de que los principales procesos educativos son los que van haciendo nuestros pueblos, en su andar histórico, en sus comunidades, en sus crisis pero también en su vida cotidiana. Y también teniendo en cuenta que la calidad de educación que esperamos es aquella que nos permita transformar nuestras sociedades y ser más solidarios, más creativos.
La primera historia que voy a contar está escrita por un chico de Ciudad Oculta, un barrio de la ciudad de Buenos Aires. Ya ven: el mismo nombre del barrio es una parábola; Ciudad Oculta no existe oficialmente, no existe en los mapas, sólo existe para aquellos que la viven y la sufren: los que quieren verla.
Les pedimos a los niños que inventaran cuentos. Éste es el de Ramiro, de 10 años:
“Una vez, Ciudad Oculta se convirtió en un barrio lindo y tranquilo, con parques y plazas y lugares para jugar, y con un riachuelo de agua limpia donde uno podía bañarse. Entonces llegaron tres súper monstruos que pusieron unas piedras enormes en el arroyo de agua limpia y Ciudad Oculta empezó a inundarse. Y todo empezó a llenarse de barro y las casas empezaron a deshacerse. Todo el mundo se puso a llorar porque el agua subía y subía. Hasta que un chico se acordó que tenía escondida una espada mágica; todos los que la tocaban se convertían en valientes. Y entonces fueron todos los chicos y también las chicas y algunos grandes que los ayudaban a tocar la espada para poder salir a la pelea contra los tres super monstruos, y alcanzaron a matar a dos. Entonces el super monstruo que quedaba dijo: ‘Está bien, no quiero ser más un super monstruo, déjenme vivir con ustedes. Y entonces todos los chicos, con los grandes que los ayudaban, con el súper monstruo que ya no lo era, sacaron las piedras del riachuelo y el agua se secó. Y entonces los chicos y las chicas se fueron a jugar a la pelota”.
La primera constatación después de leer el cuento es que el conflicto no debe ser negado. Tiene que ser atendido y comprendido desde lo intelectual y desde lo afectivo para la construcción de la paz. Luego, el aprendizaje fundamental, tanto en la escuela como en la iglesia, es la lectura de la vida, de la realidad cotidiana, del barrio, del campo y de sus problemas.
Leer la vida –dice Paulo Freire– y después las letras. Por eso es necesario partir de las experiencias reales; en este caso, de los niños, con sus lenguajes propios, aunque sean mezclados con el lenguaje de la televisión. En este proceso de alfabetización, el principal texto debe ser la vida, la memoria y los sueños de los pueblos. Allí se va rescatar y destacar la búsqueda permanente de la paz que hacen las comunidades, superando los conflictos.
Los movimientos religiosos son, en este caso, una cantera riquísima de símbolos, relatos, memoria colectiva, memoria histórica; de evidencias, de experiencias, de golpes y de alegrías, y todo esto con una enorme fuerza proyectiva y movilizadora, de resistencia; por lo cual inciden de manera bastante importante en la conformación de valores. Valores de vida y no de muerte. Valores de encuentro y no de aislamiento. Valores de diálogo y no de imposición cultural. Valores de intercambio del sentido de las cosas, desde las distintas visiones del mundo y de la vida, como un enriquecimiento. Y valores de reconocimiento y superación de los conflictos. No de negación o de parálisis ante el conflicto. Ni tampoco de aniquilación del enemigo, del oponente.
La historia o parábola siguiente es la de Lucas, de Villa Jardín, una de las “villas de emergencia”, como se decía acá en Buenos Aires, sin tener en cuenta que la emergencia ya lleva como 50 años. Villa Jardín es un nombre irónico que le puso la gente, porque está ubicada cerca de las aguas muertas del Gran Buenos Aires y no hay allí ni un solo jardín.
Esta historia fue compartida por Patricia, la maestra de primer grado de la escuela a la que va Lucas. El caso es que nadie llamaba a Lucas por su nombre, ni siquiera él daba vuelta la cabeza cuando alguien lo llamaba “Lucas”. Todos lo conocían como “Tumberito” porque había nacido y pasado sus primeros años de vida en la “tumba”, como le dicen a la cárcel, lugar en el que estaba presa (y sigue estando) su madre.
Un día Patricia, la maestra, se enojó con los chicos y les prohibió a los compañeros que lo siguieran llamando así, diciéndoles que Lucas tenía un nombre. Y también le prohibió a Lucas que respondiera si alguien lo llamaba “Tumberito”. Pero, mientras discutíamos sobre educación, yo le dije a esta maestra que pensara si no había perdido la oportunidad de trabajar con la identidad de Lucas. Precisamente a partir de lo que Lucas era socialmente. Y como ella lo conocía, podía empezar el proceso de construcción de otra identidad sin desconocer ese punto de partida.
Volví a saber del “Tumberito” cuando Patricia me contó a fin de año, acerca de la nueva experiencia que se había atrevido a hacer, enseñando a leer y escribir a sus alumnos de Villa Jardín, usando como texto las pinturas de Benito Quinquela Martín, un pintor del trabajo de los puertos en Buenos Aires, y los tangos de Juan de Dios Filiberto, amigo de este pintor. Miraron juntos las pinturas en unas reproducciones chiquititas y las comentaron: el trabajo, la vida, la muerte, las inundaciones. Y leyeron las palabras, como había sugerido Paulo Freire hace mucho tiempo, del trabajo o del no-trabajo, de la vida y de la muerte. Así, fueron aprendiendo a leer de la mano de este pintor. El proceso de lectoescritura terminó con el viaje, que era toda una aventura para los chiquitos de Villa Jardín, al barrio de Caminito y al museo de Quinquela Martín. Y allí miraron los cuadros en grande: inmensos, gigantescos; no podían creerlo. En ese viaje el Tumberito ya era Lucas pero con su historia puesta en el contexto de otras historias libres y solidarias.
Toda ética se construye y se vive desde el reconocimiento de uno mismo. Y del reconocimiento del otro, del distinto. No hay nosotros sin los otros. No hay ética sin identidades desde las cuales se dan las relaciones. Y las identidades no se dictan, no se dan por decreto.
Los militares de la última dictadura argentina, por ejemplo, quisieron decretar una identidad única que despreciaba los derechos humanos e inventaron el lema “Los argentinos somos derechos y humanos”. No les resultó, gracias a Dios la perdieron. Pero el aprendizaje colectivo fue por otro lado, y debemos decir que algún liderazgo religioso fue fundamental en poner esa parte de la identidad, esa parte de ética en la conciencia y en el sentir del pueblo argentino.
Podemos afirmar que las iglesias y movimientos religiosos son ámbitos privilegiados de construcción de identidades. Identidades abiertas o cerradas, inclusivas o sectarias, opresivas o liberadoras, regresivas o proyectivas.
Un último cuentito: me llegó hace poco por e-mail. Cuentan que se hacía una competencia deportiva entre chicos con Síndrome de Down. Se estaban por correr los 100 metros; se dio la largada y salieron todos corriendo, menos uno que se tropezó, cayó y quedó tendido en el suelo, llorando. Los chicos que habían salido corriendo se dieron cuenta, pararon, volvieron y levantaron al caído; lo consolaron y, abrazados con él, caminaron hasta la meta.
Como movimientos religiosos, tenemos la tarea de enterrar algunos de los valores explícitos o implícitos que han regido nuestras conductas hasta ahora y dar lugar al surgimiento y la formulación de nuevos valores. Pasando de la competencia a la cooperación. Aunque quede la competencia con uno mismo como llamado a la superación. Pasando de la pura crítica a la solidaridad, aunque quede la crítica como fundamento necesario para la lectura de la vida. Pasando del puro valor de la comprensión correcta de las cosas, al valor más vital del amor y la ternura. Pasando de la propuesta política y cultural omnicomprensiva, con esos discursos totalizadores que tienen todas las respuestas aun antes de saber las preguntas, a la construcción comunitaria de hoy, incluso en la vida familiar, abriendo espacios de encuentro, y de reconocimiento mutuo que permitan experiencias alentadoras que refuercen la vida en medio de tanta muerte.
Y pasando, por fin, de una propuesta educativa puramente proyectiva, que tantas veces pareció hipotecar el presente de generaciones enteras, a experiencias educativas que ya pueden ser mapas para la fiesta que nuestros pueblos insisten en celebrar. Y a esta fiesta de los pueblos, esta fiesta de la vida, de la resistencia, de la creatividad, estamos invitados nosotros los movimientos religiosos, con templos y con liturgias, con la Biblia, el Corán, la Torá, con oraciones y con incienso, con todo. No faltemos a esta fiesta.
(Ir a la conferencia de Buenos Aires, documento pdf)

